lunes, 27 de julio de 2015

Yo me encargo


Susana lo tenía prácticamente todo en esta vida, un marido rico y cariñoso, dos niños encantadores, una bonita casa con piscina, un coche de lujo, y una consulta odontología propia.

Lástima que todo eso, no fuese más que una fachada de cara a la galería, en realidad su maravilloso mundo Disneyliano, estaba a punto de derrumbarse como un castillo de naipes.

Su marido Eduardo Belisario, era un gran empresario de banca, que siempre había sentido debilidad por las chicas jóvenes pese a contar ya con sesenta años de edad.

Hacía diez años que contrajo matrimonio con Susana, después de divorciarse de su anterior esposa. En la actualidad, ya no estaba tan interesado por ella, ya que acababa de cumplir treinta y cinco años. Nunca le habían gustado las maduritas, y se acercaba el momento del cambio.

—Susana, quiero el divorcio —le dijo sin mostrar piedad alguna.

Hacía tiempo que esperaba ese momento, ella no era tonta, sabía perfectamente que a medida que perdiera la firmeza de su cuerpo, perdería también el interés de Eduardo.

Lo que la aterró, fue la presencia del abogado. Sin duda su marido no iba a dejar ningún cabo suelto. La casa seria para él, igual que la custodia de los niños, y la flota de coches. Susana no recibiría ni un solo centavo, al contrario, debería pagar una pensión a Eduardo para la manutención de los niños.

—Pero, me vas a dejar en la ruina, no es justo —le dijo.

Su marido sonrió, francamente el contrato prenupcial que ella firmó sin leer, la dejaba en muy mal lugar, pero eso carecía de importancia para él.

—Sigues teniendo tu consulta, te la podría quitar también si no fuese tan ecuánime —le respondió.

Pasaron los meses, y Susana volvió a la vida modesta de un apartamento compartido. Podía ver a los niños cada quince días, a no ser que tuviese guardia en otra consulta en que la que había entrado a trabajar. El pluriempleo era una buena forma para llegar a fin de mes.

Aquel lunes por la mañana no se encontraba demasiado bien, se había levantado con el pie izquierdo, pero tenía turno en la consulta odontológica de su colega, y necesitaba el trabajo.

—Susana, el doctor Martin no vendrá esta mañana, tenemos un paciente que necesita que le saquemos dos muelas, ya le hemos practicado anestesia total, tal como lo ha solicitado el mismo. ¿Lo haces tú, o yo? —le preguntó su compañera.

—Déjamelo a mí —dijo tras mirar el informe médico.

A su compañera le parecía bien, tenía trabajo administrativo atrasado, mejor que ella se encargara del paciente Eduardo Belisario.





FIN.